Cuando Jimmy Cobb, el baterista, llegó al 30th Street Studio de Columbia —una antigua iglesia ortodoxa rusa reconvertida en sala de grabación— era poco después del mediodía del 2 de marzo de 1959. Llegó el primero. No había nada que repasar: Miles Davis no había convocado ensayos.
Lo que Davis tenía eran esbozos. Escalas, bocetos de melodía, la idea de construir un disco entero sobre el jazz modal —una forma de improvisar que se apoya en escalas en lugar de en la sucesión rápida de acordes que dominaba el bebop de la época—. La idea venía de lejos: del teórico George Russell y su tratado sobre organización tonal, del pianista Ahmad Jamal, de experimentos previos en Milestones. Pero también venía de algo más difícil de transcribir: Davis había visto actuar al Ballet Africaine, la compañía nacional de baile de Guinea, y quería reproducir el sonido de sus tambores y de su finger piano. No supo cómo.
Para el enfoque modal necesitaba a Bill Evans, pianista blanco y discípulo de Russell, que había dejado el sexteto pero regresó específicamente para estas sesiones. Su presencia incomodó a parte de la comunidad negra del jazz; Davis lo sabía y no cedió. Evans abandonaría la banda después de la grabación; antes de irse, escribió en las notas del álbum una comparación entre la música y la caligrafía japonesa: «primera mente, mejor mente», la idea de que el primer trazo sobre el papel de arroz es el único que existe.
En dos sesiones que sumaron apenas diez horas, casi todas las pistas se grabaron en una sola toma. Davis no pidió repeticiones. Wynton Kelly, al que Davis había llamado solo para «Freddie Freeloader» por su dominio del blues de doce compases, casi se marchó del estudio al ver a Evans allí; Davis tuvo que explicarle en el pasillo que quería a los dos en la misma sesión.
El disco salió en agosto de 1959. El mundo lo aclamó. Davis pensó que había fracasado: nunca consiguió reproducir el sonido de los tambores africanos que le rondaba la cabeza. Quizá ese hueco —el sonido que buscaba y no encontró— es lo que dejó espacio para que los demás oyeran el suyo propio.
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