A finales de 1971, los miembros de Pink Floyd se reunieron en casa del batería Nick Mason para hablar de un álbum sobre las presiones de la vida moderna, la ansiedad y la locura. Tenían delante un ejemplo cercano: Syd Barrett, cofundador del grupo, había sido apartado apenas tres años antes por su fragilidad mental.
Roger Waters tenía entonces 29 años y algo le había cambiado. «Fue entonces cuando me di cuenta de que esto era la vida, no una preparación para algo más. Esto no era un ensayo: la vida estaba sucediendo ahora.» Quería un álbum sin rodeos, sin la jerga psicodélica de los discos anteriores. David Gilmour lo recordaría así: Waters quería «decir exactamente lo que quería por primera vez».
Lo que vino después fue insólito: antes de entrar al estudio, Pink Floyd llevó el álbum completo de gira por el Reino Unido durante todo 1972. La gira llevaba originalmente el subtítulo «Una pieza para lunáticos». Cuando por fin llegaron a los estudios Abbey Road, el material ya estaba vivo.
Dentro del estudio, el ingeniero Alan Parsons grabó relojes para «Time» y cajas registradoras para «Money», convirtiendo la angustia de Waters en algo que se podía oír. Pero la tensión más honda era otra: sus compañeros le presionaban para que no cantara, diciéndole que era «sordo de oído». Waters cantó igualmente. Y sus letras crecieron tanto que Gilmour reconocería después que «la emergencia de Roger como gran letrista fue tal que llegó a eclipsar la música en algunos lugares».
Quizá esa fricción —Waters empeñado en hablar claro, Gilmour queriendo que la música respirara— es lo que hace que el disco no se resuelva del todo. Cada escucha lo deja igual de abierto.
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