En 1995, Brown Sugar convirtió a D'Angelo en la promesa más visible del soul contemporáneo. La discográfica quería el siguiente disco pronto, con sencillos listos para radio. Él dijo que no.
Se tomó cinco años. No porque no tuviera material, sino porque, según declaró, necesitaba vivir para tener algo que grabar. Cuando por fin entró en Electric Lady Studios de Nueva York —el espacio que Jimi Hendrix había diseñado como base creativa en 1970— lo hizo con una idea clara de lo que no quería hacer.
Junto a Questlove, batería de The Roots, pasó meses estudiando videocasetes de Marvin Gaye, James Brown y Jimi Hendrix, y reruns del programa de televisión Soul Train, buscando algo que el soul de los noventa había perdido. El ingeniero Russell Elevado, que trabajó con D'Angelo durante tres años en la grabación y la mezcla, le introdujo además a sus discos de rock clásico de los sesenta y setenta, y juntos decidieron capturarlo todo en cinta analógica, sin edición digital, con los músicos tocando en directo en la misma sala.
El resultado debutó en el número 1 del Billboard 200, vendiendo 320.000 copias en su primera semana.
Pero lo que vino después de la publicación no fue lo que D'Angelo esperaba. El videoclip de Untitled (How Does It Feel) —una cámara lenta sobre su cuerpo desnudo— lo convirtió en símbolo sexual. La gira que siguió estuvo marcada por cancelaciones y por la frustración de un artista que había pasado cinco años intentando hablar de otra cosa. Había grabado en el estudio donde Hendrix creía que los espíritus de los músicos muertos seguían presentes. La industria le devolvió un cuerpo.
Quizá esa distancia entre lo que quiso decir y lo que el mundo decidió escuchar es lo que hace que el disco suene todavía como algo sin terminar de resolver.
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