En abril de 1966, The Velvet Underground grabó la mayor parte de su primer disco en cuatro días en los Scepter Studios de Nueva York, un local que los que estuvieron allí describían como apenas funcional. El presupuesto total —financiado por Warhol y por Norman Dolph, ejecutivo de ventas de Columbia Records— no superó los tres mil dólares.
Warhol figuraba como productor, pero su papel real era otro. Lou Reed lo explicó años después: «En cierto sentido sí lo produjo, porque era el paraguas que absorbía todos los ataques cuando nosotros no éramos lo bastante grandes para recibirlos». En el estudio, esa protección se traducía en libertad total. Los ingenieros no se atrevían a cuestionar nada que llevara el nombre de Warhol. Reed lo recordaba así: «¿Está bien, señor Warhol? Y él decía: Oh… sí». El resultado fue un disco que nadie quiso distribuir: Columbia lo rechazó, Atlantic lo rechazó, Elektra lo rechazó.
Nico —cantante alemana que Warhol había incorporado al grupo contra la voluntad de Reed— aparece en tres canciones. Reed admitió que Warhol era «un catalizador que siempre ponía elementos que chirriaban juntos», y que eso no siempre le hacía feliz. Esa tensión se oye: las canciones de Nico suenan a otro mundo dentro del mismo disco.
Cuando Verve Records lo publicó finalmente en 1967, las tiendas lo prohibieron, las radios se negaron a emitirlo y las revistas rechazaron su publicidad. Llegó al puesto 171 de las listas y desapareció.
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