David Bowie llegó a Iggy Pop cuando Iggy estaba en caída libre: los dos primeros discos de los Stooges habían fracasado en ventas, la banda estaba prácticamente disuelta y él llevaba meses en espiral de adicción a la heroína. Bowie era fan de esos discos. Más que eso: era, según Iggy, «la única persona que conozco, entre mis colegas músicos profesionales, que reconoció en letra impresa la calidad de la composición de los Stooges». Lo llevó a Londres.
Lo que Bowie tenía en mente era un debut en solitario. Lo que ocurrió fue otra cosa. Iggy y el guitarrista James Williamson no encontraron una sección rítmica adecuada en Londres, así que llamaron a los hermanos Asheton: Scott volvió a la batería y Ron, que había sido el guitarrista de los Stooges, pasó al bajo. Las ocho canciones que Iggy y Williamson habían escrito se grabaron en CBS Studios entre septiembre y octubre de 1972. El crédito del disco quedó a medio camino entre las dos versiones de lo que había sido: «Iggy and the Stooges».
Iggy Pop mezcló el álbum él mismo, pero la discográfica lo obligó a remezclarlo con Bowie. Bowie le dijo: «Jim, no hay nada que mezclar.»
Durante años, Iggy sostuvo que esa mezcla había «castrado la ferocidad de las grabaciones originales». En 1996, Legacy Recordings le ofreció hacerlo él. Lo hizo. «Todo sigue en rojo», dijo. «Es una mezcla muy violenta.» Cuando el mundo escuchó esa versión, la de Bowie —más moderada, más dinámica— de repente no sonó tan mal.
El disco existe, pues, en dos estados: el de quien lo rescató y el de quien lo vivió. Quizá esa imposibilidad de colapsar las dos versiones en una sola sea lo más honesto que Raw Power tiene para decir sobre sí mismo.
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