Antes de entrar al estudio, Julian Casablancas le explicó a Gordon Raphael, productor del disco, lo que buscaba: sonar como «una banda del pasado que viajó al futuro para grabar su disco». No era una metáfora vaga. Era una instrucción de trabajo.
El estudio era Transporterraum, un sótano mal iluminado bajo la Avenue A del East Village de Manhattan. Raphael vivía allí. Cuando RCA firmó al grupo en marzo de 2001 y mandó a un representante a ver las sesiones, lo que encontró fue una banda grabando tomas únicas en una sala sin ventanas. Casablancas insistía en que la mayoría de las canciones se grabaran en una sola toma para preservar lo que él llamaba su «eficiencia en bruto». El A&R de RCA escuchó un corte temprano y dijo que Raphael estaba «arruinando la voz de Julian y matando cualquier oportunidad de carrera que tuviera la banda». La banda no cambió nada. Raphael tampoco.
Lo que salió de esas seis semanas de marzo y abril de 2001 fue un disco sin reverb ni delay artificiales —salvo el spring reverb natural de los amplificadores Fender—, con las dos guitarras pasadas por un solo micrófono Sennheiser 421 y un preamplificador API. Cuando el disco llegó a las tiendas, parte de la prensa especializada lo atacó por sonar «mal grabado». Raphael lo recuerda con humor: había algo extraño en que un disco tan discutido por su sonido fuera precisamente el que sonaba como querían sus autores.