El 12 de septiembre de 1996, un hombre llamado Ricardo López, de veintiún años, envió un paquete desde Miami a la dirección de Björk en Londres. Dentro había ácido sulfúrico y un mecanismo diseñado para activarse al abrirlo. Scotland Yard lo interceptó en una oficina postal. Björk no lo abrió. Pero tampoco pudo quedarse.
Había planeado grabar el disco en casa. Después del paquete, eso ya no era posible. Se marchó a El Cortijo, un estudio en Málaga propiedad de su baterista Trevor Morais, y allí grabó la mayor parte del álbum. Desde ese exilio improbable —el sur de España, el calor, la distancia— intentó hacer algo que sonara a Islandia.
Lo que quería, según explicó ella misma, era algo «simple: solo beats, cuerdas y voz». La sencillez como escudo o como regreso: beats electrónicos secos y cuerdas orquestales que no se mezclaban tanto como chocaban. El productor Mark Bell, llegado del mundo del techno industrial, fue quien empujó los ritmos hacia ese lugar duro sin que las melodías perdieran su peso.
Un día caluroso en Málaga, Björk y Bell sacaron un amplificador al exterior y grabaron improvisando lo que acabaría siendo «Pluto»: ella lo recuerda pensando en heavy metal, haciendo «cosas muy punk».
El título que eligió para el disco, Homogenic, no existe en inglés. Lo inventó para nombrar algo que quería que fuera homogéneo en tono y en carácter, y que al mismo tiempo expresara algo de Islandia. Un país en una palabra que no existía.
Thom Yorke, de Radiohead —que ese mismo año le ganó el Grammy con OK Computer—, declaró en 2006 que «Unravel», la tercera canción del disco, era su canción favorita de todos los tiempos. Radiohead la versionó en 2007. Quizá hay algo en ese detalle que dice más sobre el disco que cualquier lista de premios: el rival de aquel año volvió a él una y otra vez.
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