En 2006, Andy Platts acababa de conseguir su primer contrato editorial y viajó a Nueva York. Alguien le presentó a Brian Jackson —teclista y coautor histórico de Gil Scott-Heron, una de las voces que había definido el lenguaje del soul con conciencia política en los años setenta. Rieron, comieron, bebieron demasiado. No terminaron ninguna canción.
Casi veinte años después, Platts tenía una canción escrita al ochenta por ciento y no conseguía cerrarla. Jackson estaba de gira por el Reino Unido en 2025. Platts le propuso que se pasara por su estudio. Lo que ocurrió fue, según sus propias palabras, prácticamente lo mismo que en Nueva York: conversación, risas, comida y bebida. Solo que esta vez sí terminaron la canción. Jackson aportó teclados, flauta y voz; Platts puso el resto. La llamaron DIG!.
Esa canción se convirtió en el título y en la declaración de intenciones del álbum: una pieza sobre no aceptar nada a valor nominal, sobre cuestionar lo que uno cree saber. El hilo recorre las otras diez canciones —amor, familia, redención— grabadas por los cinco miembros de la banda simultáneamente en la misma sala, a cinta analógica de 16 pistas en All Things Analogue Studios, en Leeds, sin overdubs como punto de partida.
El guitarrista Terry Lewis dijo de los masters finales que los había escuchado más intensamente que ningún disco anterior de la banda, y que no se le agotaban. Platts lo formuló de otra manera: la música, dijo, no está hecha para existir en el vacío.
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