Miles Davis entró al Estudio B de Columbia en Nueva York el 19 de agosto de 1969 a las diez de la mañana. Trece músicos dispuestos en semicírculo, auriculares puestos, sin partituras delante. Davis no repartió nada escrito: daba un tempo con el chasquido de dedos, señalaba con el dedo a quien debía tocar, susurraba «Keep it tight» cuando la música amenazaba con desbordarse. Así durante tres días, de diez a una.
Lo que salió de esas sesiones no era un álbum: era toneladas de material en bruto. El trabajo real vino después, en la sala de edición, donde el productor Teo Macero cortó, empalmo y reorganizó los fragmentos hasta construir algo que sonara como composiciones. En las cintas de sesión se puede oír a Miles chasquear los dedos y susurrar instrucciones mientras la música sigue sonando a su alrededor.
La plantilla era deliberadamente excesiva: dos baterías, dos bajos, tres teclistas, guitarra eléctrica, percusión afrocubana, clarinete bajo. Davis había pedido expresamente a Bennie Maupin, el clarinetista, que no tocara otro instrumento: quería ese sonido exacto y ningún otro. El resultado fue un disco que dividió a la crítica de jazz en dos bandos que, según quienes estuvieron allí, nunca llegaron a entenderse del todo.
Síntesis con IA a partir de
JazzTimes (Paul Tingen, 'Miles Davis and the Making of Bitches Brew: Sorcerer's Brew', mayo 2001) · milesdavis.com (sitio oficial) · Bluescentric · Mosaic Records liner notes (Michael Cuscuna) · theheatwarps.com