El 18 de febrero de 1969, nueve músicos entraron en el estudio B de CBS en Manhattan y tocaron durante tres horas sin partituras, sin estructura fija, sin canciones terminadas. Miles Davis les daba indicaciones mínimas sobre la marcha. Dejaron correr la cinta.
Lo que salió de esa sala no era un disco. Era material en bruto.
El trabajo real empezó después, en la sala de edición, donde el productor Teo Macero —que llevaba años trabajando con Davis— tomó horas de improvisación y las cortó, reorganizó y pegó hasta dar forma a dos piezas que ocupan una cara del vinilo cada una. La cara B, por ejemplo, empieza y termina con el mismo fragmento: Macero tomó el inicio de la sesión y lo pegó también al final, creando una estructura circular que nadie había tocado así. Eso no era jazz. Tampoco era rock. En 1969, ni siquiera había nombre para ello.
La tensión entre los músicos también dejó huella. John McLaughlin, guitarrista británico recién llegado a Nueva York para tocar con Tony Williams, fue invitado al estudio sin que Davis le hubiera escuchado nunca en directo. Williams, que planeaba dejar la banda de Davis, tocó esa tarde con una contención inusual en él. Si eso fue por la tensión o por el ambiente del estudio, nadie lo sabe con certeza — pero su manera de tocar encaja con el silencio que atraviesa el disco.
Zawinul, el pianista austriaco que había compuesto la pieza que da título al álbum, nunca estuvo del todo conforme con lo que Davis hizo con ella. Davis le quitó acordes, la desnudó hasta casi no reconocerse.
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milesdavis.com · Classic Album Sundays · Albumism · MOJO (Paul Tingen, 2001)