En algún momento de principios de 1968, Carmine DeNoia —un gánster de bajo nivel que controlaba el contrato discográfico de Van Morrison— entró en la habitación de hotel del cantante y le golpeó la cabeza con una guitarra acústica. Morrison huyó a Boston.
Allí, en un pequeño apartamento de Cambridge, se casó con Janet Rigsbee y pasó el verano tocando en la mesa de la cocina. Las canciones que nacieron en esa cocina —algunas escritas incluso antes, en Belfast— las ensayó en el club Catacombs ante públicos pequeños: «Cyprus Avenue», «Madame George», lo que luego sería Astral Weeks.
Warner Bros. negoció su salida del contrato, supuestamente pagando a los gánsters. Morrison viajó a Nueva York. El productor Lewis Merenstein había reunido a un grupo de músicos de jazz veteranos —Richard Davis al contrabajo, Connie Kay a la batería, Jay Berliner a la guitarra— que no conocían al artista ni habían escuchado su música. No hubo ensayos. Morrison se encerró en una cabina de voz con su guitarra acústica, les mostró la estructura básica de cada canción, y luego dejó rodar la cinta. Cuarenta años después, cuando los músicos originales llegaron a los ensayos del Hollywood Bowl, encontraron partituras donde cada nota que habían improvisado en 1968 había sido anotada: Morrison esperaba que las reprodujeran exactamente como estaban escritas.
El álbum salió en noviembre de 1968 sin promoción. Warner Bros. no hizo nada con él. Su reputación se construyó despacio, de mano en mano, durante años.
Quizá lo que hace extraño ese dato de las partituras es que revela algo sobre lo que ocurrió en aquellas tres sesiones de octubre: que la improvisación de unos desconocidos, grabada de un tirón, se volvió tan precisa e irrepetible que Morrison ya no podía concebir otra versión. Lo que sonaba a libertad era, en realidad, un accidente perfecto.
Síntesis con IA a partir de
The Ringer · Boston Globe · Electric Literature · Boston Magazine · Rolling Stone · Classic Album Sundays · AllMusic · EBSCO Research