En 1979, durante una gira, Leonard Cohen ayudó a Jennifer Warnes a terminar la letra de una canción. Warnes llevaba años cantando en su banda —primero como corista, luego como arreglista vocal— y algo en ese momento de trabajo conjunto le hizo decidir que quería grabar un disco entero con sus canciones. Cohen, cuando se lo dijo, no la creyó: «Siempre pensé que era solo una expresión de amistad. Nunca creí que lo haría de verdad».
En la primera mitad de los años ochenta, Cohen atravesaba un eclipse. Warnes propuso el proyecto a Arista Records y después a MCA Records. Los dos lo rechazaron. El productor Roscoe Beck —que nunca había producido un disco— lo resumió sin rodeos: «Leonard parecía ser veneno para los departamentos de A&R». Warnes lo grabó de todas formas, en 1986, repartida entre siete estudios de Los Ángeles.
El método era austero: bajo y voz desnudos primero. Si una canción no se sostenía en ese entorno, no entraba. Cada tema se grabó en una sola sesión; los músicos llevaban años tocando ese repertorio en directo con Cohen, y se notaba. Cuando Beck llamó a Cohen a Montreal buscando material nuevo, Cohen le tocó por teléfono una canción inédita: First We Take Manhattan. Beck quedó impactado —era un Cohen mucho más sintético y oscuro que el conocido— y reservó el Record Plant casi sin tiempo. Consiguió que Stevie Ray Vaughan, guitarrista de blues de Texas que entonces estaba en otra sesión, se pasara de madrugada. Vaughan no llevaba su guitarra. Usó una Stratocaster vieja de Beck. La toma quedó en dos o tres intentos; Vaughan terminó de grabar a las cuatro de la madrugada.
El disco estrenó dos canciones —First We Take Manhattan y Ain't No Cure for Love— que pertenecían al álbum inédito de Cohen. Warnes las publicó antes que él. Cohen duetó con ella en Joan of Arc y dibujó para las notas interiores una caricatura de una antorcha que pasa de mano en mano. La leyenda decía: «Jenny canta a Lenny».
Años después, Cohen declaró que consideraba la versión de Warnes de la canción que da título al disco superior a la suya propia: siempre había sentido que su versión original tenía «cierta incoherencia que le impedía ser una gran canción». Puede que eso explique el dibujo de la antorcha: no era solo gratitud, sino reconocimiento de que algo había pasado de manos y había llegado más lejos.
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