En diciembre de 1964, el productor Tom Wilson había intentado algo que no funcionó: coger una grabación acústica de Dylan y encima ponerle un ritmo de rock al estilo de Fats Domino. Lo descartaron enseguida. Pero la pregunta que dejó ese experimento fallido no desapareció.
La comunidad folk había construido a Dylan. Lo había elevado, le había dado una tribuna y una causa. Él era su voz más afilada, el heredero de Woody Guthrie, el poeta de la protesta. Y en enero de 1965, con 23 años, decidió que ya no quería ser eso.
El 13 de enero entró en Columbia Studio A, en Nueva York, y grabó todo en acústico: guitarra, armónica, piano. Al día siguiente volvió con una banda eléctrica y lo rehízo todo. En menos de 48 horas, Dylan regrabó canciones enteras —entre ellas 'Subterranean Homesick Blues', 'Love Minus Zero/No Limit' y 'On the Road Again'— en versiones eléctricas que serían las definitivas del álbum.
El resultado fue un disco partido en dos: el lado A con banda de rock, el lado B casi en solitario. No era una concesión ni un término medio. Era una declaración de que las dos cosas podían coexistir, que nadie tenía por qué elegir por él.
La comunidad folk no lo vio así. El disco generó una fractura que se hizo visible seis meses después, en julio de 1965, cuando Dylan subió al escenario del Newport Folk Festival con una Fender Stratocaster eléctrica. La audiencia le abucheó.
David Crosby, que vivió aquellos años desde dentro, lo resumió después: «Bob cambió el mapa».
En el último corte del disco, la cara acústica termina con It's All Over Now, Baby Blue. Quizá no iba dirigida a nadie en concreto. Pero ese mismo año Dylan rompió con Joan Baez, la cantante folk que había sido su pareja y su aliada más visible, y que describió la relación como «totalmente desmoralizante». El folk y él se separaron más o menos al mismo tiempo.
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