Después del éxito masivo de Bocanada (1999), Gustavo Cerati se encerró a trabajar con sintetizadores, samplers y programación de ritmos. El resultado fue Siempre es hoy, un disco de 17 canciones y 70 minutos donde el rock de guitarras casi desaparece para dejar paso a capas electrónicas que se superponen con una lógica más cercana al ambient que al pop.
Lo que hace interesante este disco es la tensión entre dos impulsos opuestos: la vocación de canción —letras, melodías, estructuras reconocibles— y la voluntad de disolverse en textura. Cerati no elige entre los dos. En piezas como Cosas imposibles los beats crecen hasta ocuparlo todo, pero la voz sigue ahí, anclando. En Especie, al final del disco, ocurre lo contrario: la canción se deshace lentamente en un colchón ambient que dura varios minutos, como si el disco quisiera evaporarse antes de terminar. Ese final no es un accidente ni un relleno: es la conclusión lógica de todo lo que el disco ha estado construyendo.
El contexto importa. Argentina acababa de atravesar el colapso económico de 2001, y Cerati grabó este disco en ese clima de incertidumbre. No es un disco político, pero sí tiene esa sensación de estar suspendido en un presente que no sabe adónde va —algo que el propio título señala sin disimulo. La electrónica aquí no es frialdad: es una forma de procesar el ruido del mundo desde adentro.