A finales de 2000, Gustavo Cerati —que acababa de separarse de Cecilia Amenábar, madre de sus dos hijos— se sentó con su banda a improvisar. Lo llamó «zapadas psicodélicas». De esas sesiones salieron más de veinte canciones. Siguió componiendo. Cuando terminó, tenía alrededor de cuarenta.
Quería hacer lo contrario de Bocanada, su disco anterior: había declarado que ese era «sutil y elegante», y ahora quería algo «rítmico y poderoso». Escuchaba hip-hop, escuchaba a Gorillaz, escuchaba a Timbaland. El material que acumulaba tenía dos impulsos distintos —el rock y la electrónica— y Cerati pensó que eso pedía dos volúmenes.
En diciembre de 2001, Argentina entró en colapso. El gobierno congeló los depósitos bancarios, cayó el presidente, el país cambió cuatro veces de jefe de Estado en dos semanas. La industria discográfica no era ajena al desastre: el sello le dijo que no había doble álbum.
Cerati reconoció después: «Siempre es hoy me parece un disco muy bueno, pero tuvo sus problemas: como no pudo ser un álbum doble, metí toda la cantidad de temas que entran en el espacio de un solo disco».
El resultado son 17 canciones y 71 minutos: Charly García al piano en «Sudestada», un rapero chileno en «Altar», los coros de Déborah de Corral —su nueva pareja— en «Casa» y «Torre de marfil». Todo lo que no cupo en dos discos, apretado en uno.
La insatisfacción no se disipó. Cerati declaró que fue precisamente ese malestar lo que lo llevó a hacer Ahí Vamos cuatro años después: quería volver a la canción de rock, alejarse del peso digital, recuperar algo más sencillo. El disco que no pudo ser doble determinó el siguiente.
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Página 12 (2002) · Rolling Stone en Español · El Destape · Pop Generation · El Ciudadano · cerati.com · La Nación