Manuel de Falla compuso El amor brujo en 1915 escuchando a una cantaora de carne y hueso. Recogió el cante jondo, lo orquestó, lo llevó a los teatros de Europa. Sesenta años después, Paco de Lucía quiso desandar ese camino.
«Mi intención no ha sido meterme en el mundo de la música clásica. Lo que he intentado ha sido devolver la música de Falla a sus raíces.» Lo dijo él mismo, y la frase no es retórica: Falla había escrito muy poca música para guitarra, así que Paco tuvo que apoyarse en un guitarrista clásico y en las transcripciones que ya había realizado el musicólogo Emilio Pujol para poder tocar siquiera las piezas. El punto de partida no era el flamenco ni el repertorio clásico: era un territorio sin mapa.
El escritor Félix Grande redactó el texto de la solapa y eligió sus palabras con cuidado. Las versiones, escribió, eran «formas de amor más que licencias». Reconocía en ellas agregados rítmicos, compases dialogados: Paco no había copiado a Falla sino que había metido las manos en la masa. En el estudio estaba el grupo Dolores —flauta, percusión brasileña, bajo, piano, batería— y ese conjunto, reunido aquí por primera vez, sería el germen directo del Sexteto que Paco formaría tres años después.
Tras la publicación del disco, Andrés Segovia cuestionó públicamente la maestría de Paco de Lucía, atacándole con dureza por haberse adentrado en el repertorio clásico.
El mercado respondió bien. Segovia, no. Y mientras el guitarrista de Algeciras encajaba el golpe, Jorge Pardo y Rubem Dantas —dos de los músicos del grupo Dolores— ya estaban ensayando lo que vendría después.
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