En casa del bajista Joe Mondragon, en Los Ángeles, Miles Davis escucha por primera vez el Concierto de Aranjuez del compositor español Joaquín Rodrigo. Queda cautivado. Poco después, él y su esposa asisten a una actuación del bailarín de flamenco Roberto Iglesias y Davis sale de allí a comprar todos los discos de flamenco que encuentra en una tienda de Nueva York. Lo que empieza como una fascinación se convierte en una pregunta que no puede dejar de hacerse: qué pasaría si llevara esa música a un estudio.
La respuesta exige un precio. El arreglista Gil Evans, con quien Davis ya había grabado Miles Ahead y Porgy and Bess, escribe a mano la partitura del Concierto en noviembre de 1959 —anotando «arpa = castañuelas» y escribiendo «Miles» en rojo sobre el noveno compás— y juntos deciden que el proyecto no será una versión de jazz de Rodrigo sino un álbum entero sobre música española. Quince sesiones de tres horas cada una. Cuarenta y cinco horas de grabación. Evans exige cada pasaje con una precisión que no tiene nada que ver con la ligereza de Kind of Blue, grabado apenas meses antes.
El problema más hondo no es el perfeccionismo: es que los músicos de orquesta clásica leen la partitura con fidelidad pero no sienten la música. Davis quiere lo contrario: que primero la sientan y luego la lean. Los primeros músicos no pueden. Hay que reorganizar la orquesta.
Davis declaró sobre la melodía del Concierto: «Es tan fuerte que cuanto más suave la tocas, más fuerte se vuelve, y cuanto más fuerte la tocas, más débil se vuelve».
Cuando termina la última sesión, en marzo de 1960, Davis dice: «Después de que terminamos de trabajar en Sketches of Spain, no tenía nada dentro de mí». No escucha el álbum hasta que sale publicado, meses después. Para entonces, su cabeza musical ya está en otro lugar.
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