RCA Victor pagó entre 35.000 y 40.000 dólares por el contrato de Elvis Presley en noviembre de 1955, la cifra más alta jamás pagada hasta entonces por un contrato discográfico. Era una apuesta enorme sobre un sonido que nadie en la compañía sabía reproducir.
El problema era técnico y urgente a la vez. El sello quería el álbum en las tiendas antes de que se enfriara la exposición televisiva —cuatro apariciones en el programa de los hermanos Dorsey entre enero y febrero de 1956—, lo que dejaba apenas dos sesiones de grabación disponibles. Y el estudio de Nashville, en el 1525 de McGavock Street, no sonaba como Sun Records. El techo curvo creaba resonancias en los bajos que obligaron al bajista Bill Black a clavar la clavija de su contrabajo en cada rincón del suelo buscando un punto muerto. Los ingenieros, sin saber cómo replicar el eco característico de Memphis, colocaron un altavoz en un extremo de un pasillo largo y un micrófono en el otro.
En esa primera sesión del 10 de enero, Chet Atkins llamó a su esposa para que bajara al estudio porque Elvis atacó «I Got a Woman» con tal energía que Atkins lo describió como «tan maldita emocionante». Todos en la sala estaban nerviosos. Excepto Elvis.
El álbum se ensambló con lo que había: tres pistas de Nashville, cuatro de Nueva York y cinco grabaciones inéditas de Sun Studio que Elvis había hecho con Scotty Moore y Bill Black entre 1954 y 1955. La pista de apertura, Blue Suede Shoes, tampoco debía estar ahí: Steve Sholes había prometido a Sam Phillips no lanzarla como single para proteger a Carl Perkins, su autor, y la desvió al disco.
El resultado fue lo que fue. Pero la pregunta que el álbum deja abierta es si ese sonido —dos acústicas distintas cosidas con un pasillo improvisado— era un defecto o era exactamente lo que sonaba a peligro.
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