Las primeras maquetas de este disco no se grabaron en ningún estudio. Xoel López —cantautor gallego afincado en Madrid, con quince álbumes a sus espaldas— se fue con un técnico de sonido y uno de sus músicos a una aldea de cuatro casas en Ourense: una casa de piedra, vacas y caballos salvajes alrededor, prácticamente sin cobertura. Él mismo lo describió como algo que nunca había hecho: «Eso de cogerse una cabaña, tipo Bon Iver».
De ese arranque en silencio surgió una decisión que atraviesa todo el disco: subir la voz más de lo habitual. Declaró que grabar las voces fue el momento en que más se emocionó de todo el proceso, y que «de haberme sentido un poco menos cómodo, la habríamos enterrado un poco más, pero la voz se convirtió en el hilo conductor de todo el disco». El resto del proceso fue colectivo y sin productor central: desde los montes gallegos hasta localizaciones en México, con colaboradores como el músico brasileño Domenico Lancellotti —hijo del compositor de samba Ivor Lancellotti y habitual de Caetano Veloso y Gilberto Gil— y Carles Campi Campón, que había producido íntegramente su disco anterior.
El material también llegó por accidente. Un verano antes de grabar, en una playa de Louro, Xoel agarró un pez que flotaba en el mar y al devolverlo al agua se pinchó con sus espinas. De ese pinchazo nació «Faneca Brava», que usa el animal venenoso que se oculta en la arena como metáfora de la heroína en la Galicia de los años ochenta.
El disco cierra con «Xiana», la única canción en gallego. Xiana era el nombre que sus padres tenían preparado si él hubiera nacido niña. La canción surgió una noche en la cama, de improviso. El disco que empieza en una aldea sin cobertura termina con el nombre que nunca fue.
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