Cuando Alvvays terminaron de girar su primer disco, nadie les dijo que pararan. Nadie te dice que pares. Rankin lo contó así: «Tienes que empezar a rechazar conciertos para tener tiempo de hacer algo nuevo, y eso lo aprendimos a las malas».
El problema era que tres años de carretera no generan canciones, al menos no para ella. Así que hizo lo contrario de lo que se espera de una banda en ascenso: se fue sola a Toronto Island, una franja de tierra en medio del lago Ontario, a escribir en silencio.
Grabaron las bases en Los Ángeles con el productor John Congleton durante dos semanas, volvieron a Toronto y decidieron que tenían que ir mucho más lejos con lo que tenían. Acabaron terminando el disco en su propio sótano, con una mezcla de Pro Tools y una grabadora de casete de ocho pistas TASCAM 488. No fue nostalgia analógica: fue la herramienta que tenían a mano para capturar las canciones mientras todavía estaban vivas.
El resultado suena más limpio que su debut —Rankin admitió que en aquel primer disco «golpearon la cinta demasiado fuerte» y todo sonaba como escuchado a través de una almohada— pero no más frío. El velo se levantó justo lo suficiente para que se oyera la voz.
Síntesis con IA a partir de
Under the Radar (entrevista con Molly Rankin, 2017) · Stereogum (entrevista con Rankin y O'Hanley, agosto 2017) · DIY Magazine (entrevista, septiembre 2017) · The Line of Best Fit (entrevista) · Drowned in Sound (entrevista) · NME (entrevista con Molly Rankin, septiembre 2017) · Performer Magazine (entrevista con Rankin y O'Hanley)