Julia Sarr llevaba doce años cantando detrás de otros: Lokua Kanza, Youssou N'Dour, MC Solaar, Tony Allen. Cuando llegó el momento de hacer su propio disco, eligió no hacerlo sola. Su pareja artística fue Patrice Larose, guitarrista francés que había llegado al flamenco de adolescente por influencia de su abuelo español, y que venía de colaborar con músicos de jazz y de la escena brasileña.
El resultado fue Set Luna, un disco que los propios artistas describieron como imposible de clasificar desde dentro. «Para mí es un disco en solitario con dos personas», dijo Sarr. Lo que esa frase esconde es una decisión de producción muy concreta: no hay banda, no hay sección rítmica, no hay relleno. Solo voz y guitarra, en una desnudez que obliga a que cada gesto cuente. Larose no acompaña a Sarr: la interpela. La guitarra flamenca no actúa como fondo africano ni la voz actúa como exotismo sobre el flamenco. Los dos materiales conviven sin que ninguno ceda.
Lo que hace el disco difícil —y también lo que lo hace interesante— es que su primer gran concierto fue en el Carnegie Hall de Nueva York, antes de que casi nadie en Europa lo hubiera escuchado. Sarr lo reconoció con cierta ironía: vivían su música al revés. El disco llegó a Estados Unidos a través de Sunnyside Records antes de tener una presencia consolidada en Francia, donde fue grabado. Esa rareza logística dice algo del disco: no encajaba fácilmente en ninguna categoría de mercado, y eso lo dejó flotando en un espacio propio.