El disco nació partido en dos. Entre agosto y octubre de 1964, Violeta grabó en Santiago una primera tanda de canciones; luego regresó a Europa, y en 1965, ya de vuelta definitivamente, completó el álbum con nuevas sesiones. Las pistas grabadas en 1965 son las únicas en estéreo — un detalle técnico que separa, literalmente, los dos momentos del disco. Esa fractura se nota en el sonido antes de que sepas la historia.
La canción que abre el disco, Defensa De Violeta Parra, no la escribió ella. Es un poema de su hermano Nicanor Parra — antipoeta, figura mayor de la literatura chilena — que él mismo recita mientras Violeta toca y canturrrea al fondo. El poema llevaba años circulando: Nicanor lo había publicado en 1958 como defensa pública de su hermana frente a quienes no reconocían su trabajo de recopilación folclórica. Que Violeta lo pusiera a abrir el disco, con la voz de él encima de su guitarra, convierte la pista en algo difícil de clasificar: no es una canción, no es una presentación, es un hermano hablando por encima de la música de su hermana.
El resto del disco reúne a casi toda la familia: Ángel e Isabel Parra, sus hijos, cantan coros y tocan; Hilda Parra, su hermana, aparece en Una Chilena En Paris. Esa misma canción es la que más lejos lleva el sonido del disco: Rafael Berríos «Rabanito» toca el acordeón, y la pieza se mueve hacia el vals, muy lejos del folclore campesino de los discos anteriores. Violeta la compuso en París y la grabó en París. El título del álbum y el título alternativo — Una Chilena En Paris — conviven en la portada, como si el disco no hubiera terminado de decidir desde dónde habla.