La idea era sofisticación: melotrón, arreglos elaborados, algo más construido que sus dos discos anteriores. Leiva llegó al estudio sin maquetas ni ensayos, solo con la guitarra acústica y las canciones en su estado más descarnado. Lo que ocurrió después fue lo contrario de lo planeado.
Durante las sesiones, el melotrón fue quedando atrás. La banda —José Bruno a la batería, Iván González al bajo, Carlos Raya a las guitarras— grabó en una misma sala de forma simultánea, todos a la vez, sin capas separadas ni correcciones posteriores. Leiva se presentó en el estudio sin maquetas ni ensayos previos, solo con la acústica y las canciones desnudas. Después llegaron los vientos, los violines, los coros; pero la base ya tenía su textura, y esa textura era la de algo que no se había planeado demasiado.
El propio Leiva declaró que en Monstruos habla menos de amor que en toda su carrera anterior. Una canción, Miedo, nació de episodios de ansiedad reales y del consejo de una amiga: repetir la palabra que más miedo le daba hasta quitarle poder. Otra, Sincericidio, tomó su título de una pintada que vio en un mercado argentino durante la gira anterior. Carlos Raya, que ya había producido Pólvora (2014), repitió en ese rol; Joe Blaney, ingeniero que había trabajado con The Clash y Keith Richards, estuvo al otro lado del cristal.
Leiva lo describió como el cierre de una trilogía que empezó con Diciembre (2012). Si eso es así, terminó sin el final que había imaginado, y con uno mejor.
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