En la sala de montaje de Calle 54, el documental de Fernando Trueba, hay un momento en que Bebo Valdés y el contrabajista Cachao tocan juntos el bolero Lágrimas Negras. Un bolero compuesto en 1929 por el cubano Miguel Matamoros. Diego El Cigala vio esas imágenes y no pudo quitárselas de la cabeza.
Se puso un traje. Fue al Teatro Albéniz de Madrid —detrás de la Puerta del Sol, hoy desaparecido— y se presentó solo en el camerino de Bebo Valdés. A los quince minutos de conversación ya hablaban como si se conocieran de años. Entre risas y bromas surgió la pregunta: «¿Grabamos un disco?».
Bebo tenía 84 años y llevaba cuatro décadas fuera de Cuba. Había abandonado la isla en 1960 durante una gira por Europa, dejando atrás a su esposa y a sus cinco hijos, entre ellos el joven Chucho. Se instaló en Estocolmo en 1963, donde trabajó más de treinta años como pianista en hoteles y bares, en el anonimato.
Durante la grabación, Fernando Trueba, el productor, salía del estudio con un trozo de papel del baño y lloraba. El cámara y el ingeniero también lloraban. El Cigala lo recordaría así: «Lloró hasta el apuntador».
Cuando el disco salió, Bebo se negó a viajar a Cuba para presentarlo, incluso cuando le ofrecieron las llaves de la ciudad. Mandó en su lugar a su hijo Chucho, quien tocó el piano ante cinco mil personas en La Habana en representación de su padre.
Para escuchar todo esto junto: pon Lágrimas Negras, la canción que da título al disco. Cuando arrancan la voz de El Cigala, el piano de Bebo y el saxo de Paquito D'Rivera, estás oyendo el mismo bolero de 1929 que El Cigala vio en una pantalla de montaje y que lo llevó a plantarse en ese camerino.
Síntesis con IA a partir de
El Intruso / elcigala.com (biografía oficial) · El Comercio Perú · DeFlamenco.com · Apolo y Baco · OnCuba News · Página 12 · La Nación Argentina · Todomusica.org