En algún momento antes de empezar a escribir este disco, Margaret Glaspy —cantautora criada en el norte de California y afincada en Nueva York desde hace más de una década— dejó las redes sociales. No como gesto, sino porque, según sus propias palabras, «algo se me escapaba, y era mi propia conciencia».
Lo que vino después fue deliberado hasta en los utensilios: compró una máquina de escribir nueva, escribió las letras a mano y las pulió en ella. Quería, dijo, darle a su cerebro las mismas condiciones que sus referentes musicales tenían antes de que existiera todo ese ruido.
Cuando llegó el momento de grabar, eligió a Joe Henry como productor. Se habían conocido en 2022, en un homenaje a Bob Dylan en el Town Hall de Nueva York. Glaspy le explicó cómo se ve a sí misma en el estudio: «más como fotógrafa que como escultora, se trata de capturar el momento, no de ir añadiendo capas». Henry pensaba igual. El álbum se grabó en directo en Reservoir Studios en tres días, con un trío de músicos veteranos, y gran parte de lo que se escucha es la primera toma.
El título sale de una canción escrita antes del proceso, sobre una mujer que «contiene multitudes mientras ve la realidad con mucha claridad». La canción termina sin canto: solo la voz hablada de Glaspy, sin melodía que la sostenga.
Quizá esa desnudez final —la voz que deja de cantar y simplemente habla— es la consecuencia lógica de todo lo anterior: meses sin redes, letras en papel, tres días en una sala con músicos que no añaden sino que capturan.
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