Solomon Burke llevaba décadas fuera del circuito. Obispo ordenado, empresario de pompas fúnebres, fundador de su propia iglesia en Los Ángeles: en 2002 era muchas cosas antes que cantante de soul. Cuando Andy Kaulkin, presidente del sello ANTI-, se acercó tras un concierto en 2001 para hablarle de Fat Possum, Burke creyó que le estaban ofreciendo actuar de mascota en eventos deportivos —un equipo juvenil llamado The Fat Bears le había propuesto algo parecido— y le dijo a su hijo que cogiera la tarjeta y no prometiera nada.
Lo que Kaulkin tenía en mente era otra cosa: reunir a los mejores compositores del momento —Bob Dylan, Elvis Costello, Van Morrison, entre otros— para que escribieran canciones expresamente para Burke, y grabarlas en cuatro días sin ensayos previos. Burke aceptó con una condición que era casi una renuncia: «Elegid vosotros las canciones, decídme dónde está el estudio, apareceré y las haremos en cuatro días.» No quería ver la lista. No quería elegir. Solo cantar.
El productor Joe Henry —del que Burke tampoco había oído hablar— diseñó las sesiones como si fueran un disco de Frank Sinatra: una banda capaz de seguirle emocionalmente adondequiera que él llevara la canción. El organista era Rudy Copeland, miembro ciego de la propia iglesia de Burke, el mismo hombre que acompañaba sus sermones cada semana. Cuando Elvis Costello supo que Burke aún no conocía «The Judgment», la canción que había escrito para él, ordenó que no se la pusieran en una grabación: fue al estudio, se sentó en un taburete junto a Burke y se la cantó en persona.
Al escuchar las mezclas finales, Burke se negó a aprobar el álbum: consideraba que su voz quedaba demasiado expuesta y sin protección.
Kaulkin organizó entonces una conferencia en Seattle para periodistas especializados, todos con una copia anticipada del disco. Uno tras otro, los críticos que tomaron el micrófono empezaron con la misma pregunta: «¿Es consciente de la importancia del disco que acaba de hacer?» Burke aprobó el lanzamiento.
Quizá lo que le asustaba en las mezclas era exactamente lo que los periodistas habían oído: una voz sin red, grabada como si no hubiera segunda oportunidad, que sonaba a todo lo que Burke había sido antes de que la industria y él mismo decidieran que ya no lo era.
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