Benjamin Clementine lleva dos discos construyendo un lenguaje propio: el piano como columna vertebral, la voz como instrumento que no pide permiso, palabras que a veces inventa porque las que existen no le bastan. Tiene incluso un diccionario personal de neologismos, iniciado antes de ganar el Mercury Prize en 2015, donde guarda términos como Weakend o Lovelustre.
Lo que cambia en And I Have Been es el territorio. Clementine lo declara sin rodeos: «Casi nunca canto sobre el amor, es algo extraño para mí. Y entonces este primer álbum intenta cantar sobre el amor, porque conocí a mi esposa y es un gran ser humano y la amo». Es la primera vez en su carrera que el amor romántico ocupa el centro.
El disco llegó durante el confinamiento, que él describe como un tiempo de «lecciones, complicaciones y epifanías relacionadas con compartir el camino con alguien especial». Lo escribió, interpretó, produjo y mezcló él solo. Las cuerdas dominan; la percusión casi desaparece. Cada elemento tiene espacio para respirar, como si el silencio entre frase y frase fuera parte de la partitura —algo que Clementine aprendió estudiando a Erik Satie de adolescente, sin profesor, solo con las partituras delante.
Clementine ya tenía escritas las dos partes siguientes de la trilogía cuando publicó este primero, y advirtió que el segundo podría ser su último disco.
Este, dijo, es el «luminoso» de los tres. Quizá por eso eligió para él las palabras de su diccionario privado: nombres que solo existen porque él los necesitaba para decir algo que el idioma todavía no tenía.
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