André Breton llegó en el peor momento. Anni B Sweet —Ana López Rodríguez, de Fuengirola— estaba en lo que ella misma llama «una etapa malísima», y durante esa etapa no escribió nada. Lo declaró sin rodeos: «Cuando estás ahí metida, lo de escribir canciones… yo no sé. Yo no puedo hacer eso.» La composición, que había sido su herramienta, se había cerrado.
Fue después, ya saliendo, cuando encontró a Breton. Y en el surrealismo —esa idea de que la felicidad puede destellar exactamente en los momentos más oscuros— encontró una grieta por donde entrar. «Ahí apareció algo que no esperaba: una forma de alegría. No como euforia ni como alivio rápido, sino como una sensación de aire.» Eso es lo que el disco llama alegría: no el final del dolor, sino el aire que cuela por la rendija.
Mientras tanto, escuchaba. Anni puso en bucle a Gal Costa, a Caetano Veloso, a Santiago Auserón, a Miguel Ríos. Los escuchaba, según declaró, para recordar quién era. Esa escucha no fue decorativa: el sonido de Alegría —tropicalia, pop psicodélico, mellotrones, guitarras con fuzz— viene directamente de ahí, de lo que sonaba en esa habitación durante los meses malos.
Auserón, uno de los artistas que Anni puso en bucle para salir del pozo, acabó grabando su voz en la canción 'Todo está bien'.
El disco lo hizo ella sola en lo esencial: lo escribió, lo compuso, lo cantó, tocó todos los instrumentos, diseñó el artwork. Coprodujo con James Bagshaw, líder de la banda británica Temples, con quien ya había trabajado en Universo por estrenar (2019), su primer disco en castellano. Alegría es el segundo. Escribir en su lengua, declaró, «cambió mucho mi manera de componer».
Quizá por eso la colaboración con Auserón pesa más que una simple aparición: es difícil no escuchar en esa voz el rastro de lo que fue antes que música.
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