El grupo Siempre Así, conocido por sus rumbas festivas para toda la familia, recibió un encargo: el presidente de BMG quería una canción de Joaquín Sabina para ellos. Sabina la escribió. Cuando llegó a manos del cantante Rafa Almarcha, la respuesta fue no: la letra hablaba de noches autodestructivas, resacas emocionales y un desamor sin redención posible. Demasiado dura. Se intentó limar. No hubo manera. Sabina se la quedó.
Lo que nadie sabía entonces era que esa canción había nacido como venganza. Acababan de dejarle. «Me dije: tendré que hacerle una canción que la persiga toda la vida», declaró después. El plan salió al revés: ella anda diciendo, según él mismo contó, que le hicieron una canción muy bonita.
El disco entero se construyó en condiciones parecidas de presión y derrumbe. Sabina llegaba al estudio siempre de noche, acompañado de su amigo Antonio Oliver. El productor Alejo Stivel —exvocalista del grupo Tequila, con quien Sabina nunca había trabajado— tomó una decisión que el propio cantautor agradeció y que la industria no esperaba: grabar la voz sin tratamiento, sin corrección, tal como sonaba de madrugada. Sabina declaró: «Por primera vez pude grabar con mi voz ronca y afónica, que es más real».
El sello quería un disco de trece cortes, no los veintitrés que Sabina y Stivel habían planeado. El presidente de Sony se presentó en casa de Sabina para decirle que el álbum doble no iba a funcionar. Stivel lo entendió a su manera: si el presidente de una compañía te dice eso, tienes miedo de que él se esfuerce por tener razón. El álbum se redujo a la mitad.
Para componer el grueso del material, Sabina se había retirado con Oliver a lo que él llamó «el desierto»: sin teléfono, con provisiones, whisky e «intranquilizantes», durante diecinueve días. Las noches, según su propio relato, fueron quinientas.
Quizá la voz rota era lo único que podía sostener canciones escritas así, en ese estado, con esa materia prima. O quizá la industria tenía razón en su miedo y Stivel en el suyo, y el disco sobrevivió a pesar de todo.
Chavela Vargas —la cantante mexicana cuya voz llevaba décadas quebrándose en público sin pedir disculpas— cierra el álbum en «Noches de boda». Dos voces rotas. Un himno al desamor disfrazado de celebración.
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